martes, mayo 10, 2011

DOS NOCHES EN SAN LUIS

Para Mir, con todo mi cariño
y para Renato con un poco de envidia

Nos hizo falta tiempo,

nos comimos el tiempo,

el beso que forjamos,

aquel vino que probamos,

se fue de nuestras manos…
L.M. 33

Él llegó a la ciudad en la tarde, el cielo no presagiaba nada bueno ese viernes, pero hay ocasiones en que el atisbo de lluvia puede ser también una buena señal, el preámbulo de cosas maravillosas, la esperanza de salvar una cosecha o que germinen nuevos brotes en suelo árido, algunas veces la lluvia se convierte en una oportunidad, la lluvia se transforma en una cálida humedad…

Las nubes empezaban a cubrir lentamente cada uno de los espacios sobre su cabeza, mientras manejaba rumbo al destino que se había trazado desde hacía buen tiempo. No iba solo, de hecho tenía una pequeña compañía, inquieta y nerviosa, por un evento que auguraba también nuevas experiencias.
Ese evento era el proyecto inicial de ese viaje.

Claro que sólo él sabía que ahí, en San Luis, si todos los augurios se entrelazaban, estaría un sueño esperándole, un plan secreto que era una mirada y una sonrisa, una figura que había podido tocar con la mente y percibir en un frío y brillante monitor, el contorno de una mujer que se aparecía de pronto en los lugares más inesperados y jugaba con sus palabras y con sus deseos.

Cuando se estacionó después de horas de circular entre caminos perdidos, cerros y vialidades sumidas en el atardecer, bajó de su automóvil con ansiedad e intentó descubrirla real entre la gente que se encontraba en el enorme edificio, pero no estaba aún ahí, todavía habrían de pasar interminables minutos para poder sorprenderse con su presencia que ya intuía y parecía respirar en el húmedo aire acompañado de viento.

Ese espacio sin ella lo aprovechó para registrarse, con el presentimiento que dentro de poco podría compartir un pedazo de su vida, un tiempo que no era suyo, unos segundos robados a la realidad, a la casualidad que a fuerza de aferrarse se convertiría, si todo salía bien, en algo concreto y posible de tocar.

De pronto, en esa espera, vibró su celular, y él supo con certeza que era ella, sintió en su estómago, en todos los dedos, en cada parte de su ser, un hormigueo pues sabía que estaba a unos pasos de verla, hasta ese punto nada y todo era posible, leyó en la diminuta pantalla: -“ya llegué, estoy aquí”, y decidido bajó las escaleras para buscarla, del todo y nada que tenía a su alcance, con una sonrisa le apostó a todo.

A lo lejos la descubrió volteando para un lado y otro, tal como la había visto en imágenes, con su largo pelo negro ligeramente ondulado, esa mirada atrayente, cercana, distante, pero sobre todo con la boca siempre dispuesta para sonreír, y su cuerpo… era justo como lo había visto reflejado en diferentes poses: generoso en carnes, opulento, desbordado entre la ropa, como preso en la mezclilla y el algodón, más propenso a sábanas de seda, libre y sin ataduras.

Él supo al estrechar su mano, al abrazarla sin mucha fuerza y darle un beso en la mejilla, en ese primer encuentro, que posiblemente habría oportunidad de tocarla con mayor detenimiento, que sus manos calmarían su nerviosismo en su piel, que tal vez sus dedos tocarían sus labios, y que su cuerpo vibraría con el suyo si la diosa del amor y los deseos estaba dispuesta a aceptar la ofrenda que ambos habrían de ofrecerle, sobre todo si ella también lo deseaba.

En un instante se hizo de noche.

Después de que ella se registrara y le fuera otorgada su pulsera de acceso, mientras empezaban a conocerse realmente, decidieron salir en busca de un espacio que habría de cobijarlos durante los días en que permanecerían en la ciudad, en ese ir y venir para encontrar un refugio, los tres decidieron alimentar primero el cuerpo, ya habría oportunidad de darle reposo al espíritu, todavía quedaban algunas horas de la noche para alimentar los deseos.

El diálogo entre ambos no pudo ser más fluido, parecía que él la conociera de años, y lo que inició en un local rodeado de otros comensales, se prolongó más adelante afuera de la habitación, los dos sentados mientras la lluvia los protegía, solos, en la oscuridad, apenas iluminados por unas lámparas cómplices que escuchaban sus confidencias, sus problemas, pero también sus planes y sueños.

De esa manera se fueron amontonando los minutos, sin que ellos se dieran cuenta que gracias a las palabras se despojaban al mismo tiempo de sus temores, que afortunadamente, así como la lluvia agota a las nubes, también una buena conversación te libera de la carga que traes encima.

No hubo necesidad de tocarse en esa primera noche, lo único que los acarició fue el susurro de sus propias voces, que permaneció junto al suave golpeteo de las gotas en los techos, de esa suave agua del cielo que los envolvía semejante a una cortina, como una invitación a continuar conociéndose, una promesa para el siguiente día, una invitación para la próxima noche.

Antes de despedirse, él pudo finalmente acercarse a ella, y sin prisa, con la calma que sólo puede dar la certeza que unos ojos en la oscuridad te ofrecen, le dio un suave beso en los labios, con el compromiso de verse unas horas más tarde.

Al día siguiente, con el trajinar del evento y con su pequeña compañía pegado a él, apenas si tuvo tiempo de darse cuenta que la luz se había agotado y que en el firmamento las estrellas se insinuaban acogedoras como una señal de lo que vendría en un futuro inmediato.

Recibió de ella dos mensajes breves, y con esa costumbre de años él busco algún secreto cifrado en los pequeños textos del celular, más allá de lo que las palabras mismas informaban: "No podré verte temprano, pero les deseo suerte"... y "Llego en la noche, llevo tequila y muchas ganas de estar contigo", ambos mensajes, no obstante, lo hicieron sentir bien.

Apenas si terminó de leer el segundo mensajito, cuando decidió sin pensarlo mucho, alquilar una habitación contigua a la suya, un nuevo espacio en el que si los astros se alineban de manera correcta, él también tendría la posibilidad de buscar esa anhelada sincronía, y volvió a sonreír al pensarlo.

De nuevo la noche apareció de la nada.

No supo en qué momento cerró los ojos, pero al abrirlos escuchó que un auto se estacionaba fuera de su habitación, se levantó de la cama, se tocó el cabello y supo que no estaba soñando, salió a la oscura y cálida noche y la recibió con otro beso.

Sin ponerse de acuerdo, como si ya supieran lo que habrían de hacer, entraron a la habitación contigua, se abrazaron, casi sin despegarse uno del otro, se sirvieron en un solo vaso hielo y tequila, lo acercaron primero a una boca y luego a la otra, después se besaron largamente.

Las manos de él buscaron con afán, pero al mismo tiempo con delectación los pechos de ella, y pudo sentir como los pezones cobraban vida propia, como se erguían todavía entre la ropa ante la caricia de los dedos, que los urgían a liberarse, a disfrutar sin restricciones de sus caricias, en pocos minutos sus prendas adornaron el piso de la habitación, y con todos sus sentidos empezaron a conocerse mutuamente.

Ese diálogo que habían iniciado un día antes, ese compartir experiencias bajo el arrullo de la lluvia, lo estaban continuando ella y él en el resplandor de una cama blanca, con el cobijo de unas sábanas, sólo con caricias y miradas.

En esas dos noches ambos descubrieron que todo es posible, que por más increíble que parezca, si dos personas que nunca se han visto, que sólo han compartido unas cuantas palabras por escrito, y que confían en su instinto, en una imagen, en una mirada que no va dirigida a ellos, pero que sienten que les corresponde, los sueños se convierten en realidad.

viernes, agosto 06, 2010

La Virgen de Juquila

Para Michi, con todo mi amor

No sé si les he comentado que no soy una persona religiosa.

Hace mucho tiempo, cuando tenía más o menos trece años sentí la necesidad de confesarle a mis padres, pero sobre todo me lo confesé a mí mismo, que las cosas divinas no eran de mi interés. Me atormentaba la idea de ver figuras en el templo, sentir temor por pensar que si éstas eran humanas, o al menos físicamente parecidas a los humanos, por  fuerza deberían tener la misma imperiosa necesidad de comer y por ende cumplir con las obligaciones de los intestinos, además, por esa época ya comenzaba a sentirme motivado por mi contraparte femenina y me era imposible considerar a cualquier persona, todavía me ocurre, que fuera inalterable ante las urgencias propias del cuerpo y de los deseos.

En ese entonces esto se convirtió en un verdadero conflicto, un tormento, porque además tenía la impresión que las figuradas aladas, con halo, algunas sonrientes, otras en lastimosa agonía, en éxtasis, con extrañas túnicas, tenían la capacidad de leer mis pensamientos y que todos los adultos a mi alrededor sabían lo que me ocurría.

Pero en cuanto lo hice público, primero con la familia, en realidad primero conmigo mismo, cuando acepté que la religión, que la religiosidad, que el concepto de un dios omnipresente, de una imagen bienhechora pero ambivalente, de un dios  de mano férrea y creador del cielo y de la tierra, definitivamente era algo que me superaba, cuando por fortuna me enteré que tenía la opción para decidir, fue algo liberador, y me sentí, como decirlo, aliviado, una herencia mística, una tradición religiosa que no necesariamente tenía porque aceptar.

Desde aquellos días muchas cosas han pasado… he vivido incluso un terremoto, he visto con mis propios ojos cómo la vida, una parte de ti, puede motivar las lágrimas más dulces y también las más amargas, me he topado con personas extraordinarias, a algunas otras sólo las he conocido por lo que escriben, por una pantalla, y no por eso las conozco menos; he llegado a sentir que toco el cielo, pero he percibido grises y elementos oscuros, en verdad reconozco que todo ello representa a la vida, por supuesto que he visto morir, me he topado con la muerte y aunque he rabiado, he llorado, he pedido que se apaguen todas las luces y cese la música y se haga el silencio más profundo, todo ha vuelto siempre con una sonrisa, sin que lo divino tenga algún tipo de participación.

Como ya saben estuve en Morelia, y esto que empecé a escribir en los primeros meses del 2008, a finales de marzo, y que como ocurre con frecuencia en mí, he ido dejando pasar, era precisamente el preámbulo de mi regreso a Irapuato, a esa pequeña ciudad donde brilla más el sol, la lluvia moja y refresca más, la noche es menos oscura y el diálogo con mis hijos es como una música de acordes vigorosos y suaves al mismo tiempo, ese preámbulo es precisamente esta historia.

Pero regresemos a marzo, regresemos un poco a la llegada de mi hermano mayor, a las vacaciones de “Semana Santa”, a los planes de viajar a Oaxaca, hacer un recorrido por lugares mágicos que tenía años de no ir, playas olvidadas desde aquella remota luna de miel, sitios de memoria extraviada con la idea de recuperar imágenes escondidas.

En ese mes habría de cumplir un año en Morelia, un año de experiencia y meditación, de soledad, momentos de reflexión, pero también un cúmulo de increíbles deseos por volver a mi espacio vital.

Quiero decirles que poco antes de planear ese viaje, esas vacaciones, había tomado la decisión de renunciar al trabajo moreliano, porque he de agregar que el proyecto alimenticio era hasta diciembre del 2007, y que éste se prolongó por la inusitada invitación para continuar (inusitada porque la persona, el amigo que me invitó originalmente, había sido despedido) y que la renuncia era una forma de obligarme, de obligar, de forzar a las circunstancias para acercarme nuevamente a mi hogar, a los míos, a lo mío.

Esta renuncia no era tan simple, en realidad fue algo difícil, prescindir de un empleo es en todo momento complicado, no tengo que explicar algo así, pero después de los cuarenta puede incluso resultar aterrador, sin embargo lo hice.

Contar todo lo que ocurrió en este viaje de “semana santa” podría convertirse en algo agobiante, posiblemente tedioso para ustedes y no es mi interés que eso ocurra, pero sí me gustaría en unos pocos párrafos platicarles sobre una figura que sigue de manera constante en mi memoria, algo que no deja de sorprenderme: la Virgen de Juquila.

En el trayecto que hice en camioneta con mi hermano, su familia, y mi propia familia, ya estaba trazado un itinerario que habríamos de cumplir hasta en los detalles mínimos, todo con la idea de cubrir y abarcar en unos pocos días ciertos puntos indispensables del mágico estado de Oaxaca: Monte Albán, Mitla, el gigante árbol del Tule, las playas de Puerto Escondido, entre otros, pero jamás habíamos comentado o siquiera mencionado algo de visitar a una virgen.

Fue hasta que nos encontrábamos en casa de los suegros de mi hermano, quienes por cierto viven cerca de la ciudad de Oaxaca, cuando escuché de manera sigilosa sobre esta milagrosa deidad, sobre la posibilidad de ir al santuario, y fue ahí cuando comprendí que visitar Juquila, ver a su virgen morena, era un plan preconcebido y que todo lo demás se ajustaba a ello.

El poblado de Santa Catarina Juquila, se encuentra a medio camino entre Oaxaca y Puerto Escondido, pero para llegar ahí es necesario transitar durante unas tres horas por la Sierra Madre del Sur, y para quienes no conocen este recorrido, e incluso para quienes ya lo conocen, realizarlo es completar un curso intensivo de pronunciadas curvas entre cañadas y precipicios en una angosta carretera-brecha que te tiene prácticamente al borde de un colapso, pero a decir de la suegra de mi hermano: “todo eso queda atrás cuando llegas y ves la imagen de la virgen, y pides lo que anhelas al llegar a su santuario”, no sé de cierto si ello le ocurre a otros, en mi caso recuerdo el camino a la perfección, al menos el sudor en la manos y las balatas derritiéndose al sentir la presión de mi pie en el freno de manera constante.

En el camino estuvieron presentes historias de peregrinaje, sin faltar la recurrente incluso en canciones populares o los mitos, como aquél de una pareja que durante el trayecto al santuario se convirtió en piedra por detenerse a fornicar en la noche, olvidando el sentido primero de “visitar” a la virgen.

Hay dos espacios propiamente donde se venera a la Virgen de Juquila: el Santuario ubicado en el centro de la población de Santa Catarina, y el otro lugar es un sitio mágico, con un nombre también singular: “El Pedimento”, donde primero llegan los visitantes a, como su nombre lo indica, realizar la solicitud, el deseo que los ha llevado a recorrer cientos de kilómetros de curvas y empinados caminos.

Es ahí donde mi memoria ha quedado marcada, es justo en ese pequeño cerro en el cual se encuentra El Pedimento, a escasos diez minutos de la población, es en esa capilla donde no caben más de cien personas sin que parezca un tumulto, adornada con una larga fila de peregrinos formados para llegar a un altar  a pedir y depositar su ofrenda, en el que escuché por primera vez a mi hija, entonces de siete años, decirme algo como si ya fuera adulta.

-Tú siéntate aquí pa’, yo voy a pedir para que regreses a casa y encuentres trabajo.- Me dijo mientras se formaba en la fila, con un convencimiento que todavía ahora lo recuerdo como si la estuviera viendo.

Otra característica de ese lugar, además de los innumerables vehículos adornados con unas pequeñas palmas en la parte delantera, como una acción para que la Virgen de Juquila los cuide, son las figuritas de barro que los visitantes elaboran de acuerdo a lo que desean pedir y/o pidieron al llegar a la capilla: pequeños carritos, casitas, una extremidad del cuerpo o toda la figura humana, que representan el milagro que buscan, la sanación.

Al terminar de formarse y pasar con la Virgen, mi pequeña hija me preguntó sobre la figurita que haría y me pidió que le ayudara, entre los dos hicimos una casa, también unos muñequitos a imitación de la familia y las colocamos a un costado de la pequeña capilla, en un lugar lleno de cruces, justo como todos los demás.

Han pasado casi tres años desde entonces, está de más decir que poco después de regresar de ese viaje, encontré el trabajo que deseaba, la estabilidad que requería, incluso el jefe que nunca había tenido, en una palabra, me encontré conmigo mismo, y todavía hoy, mientras termino esta historia que inicié hace tanto, me encuentro con la sonrisa que esbozo casi a escondidas, un poco apenado con la suerte que tengo, y aunque no soy una persona religiosa, cuando algo se me atraviesa, cuando sé que resulta complicado no sólo para mí sino para las personas que me rodean, ya sea en el trabajo, en cualquier situación que lo amerite, les digo a quien me escuche que no está de más lo intenten con la Virgen de Juquila, quién sabe, igual y si lo hacen con el corazón como mi pequeña hija lo hizo, algo bueno resulte.

miércoles, diciembre 19, 2007

LA CARTA

…es la niebla errante en la noche,

es la noche dormida en tu cama,

es el oleaje de tu respiración,

tus dedos de agua mojan mi frente,

tus dedos de llama queman mis ojos,

tus dedos de aire abren los párpados del tiempo…

Octavio Paz

Es extraño cómo pasan las cosas. Primero quieres buscar sólo algo parecido al amor, a la compañía, y en el camino te encuentras que todo ha cambiado, que en ese sentido o sinsentido, en esa búsqueda de cariño de exilio, hasta las caricias más pequeñas no son lo que parecen.

Un día le tocas la mano a una mesera desconocida, como al descuido, cuando le pides la cuenta y ella te sonríe. Después le preguntas su nombre, pero luego recuerdas que fue ella quien preguntó cómo te llamas, con una fórmula que sin querer te despierta ternura.

No respondes nada, te tocas la frente, el cabello, cierras los ojos, sin pensamiento alguno, volteas a verla y le dices, ahora le preguntas, si quisiera ir a otro lado para conocerse, para platicar con calma, simplemente para ganarle la partida al tiempo mientras pasan las horas en el silencio de las palabras calladas.

Ella, con una anacronía inocente, te pide algo, en estos años que corren, inusitado, te pide que le escribas mejor una carta, unas líneas donde le digas lo que sientes.

No puedes evitar hacer un gesto de genuina sorpresa, y no sabes qué te sorprende más, si tú al sorprenderte por esa petición, o que todavía sientas que algo así, que algo dicho de esa manera, entre coquetería y timidez, a la hora de la comida, te cause esa reacción, y más aún cuando le contestas casi de inmediato que sí, que lo harás, que le escribirás.

No se ponen de acuerdo, no hacen una cita ni mucho menos, pero pasan varios días sin que tengas la oportunidad de verla, finalmente regresas al sitio donde ella trabaja, es imposible dejar de notar que rehuye tu mirada, que se encuentra molesta por tu ausencia, y de nueva cuenta percibir eso te causa una rara sensación de agrado, un cosquilleo en el estómago, sientes una mariposa en tu interior.

En la bolsa de la camisa llevas la carta que escribiste para ella.

Al acercarse a tu mesa, le dices con seriedad, le preguntas si no te ha extrañado, lo haces sólo para ver en sus ojos el enfado que sus gestos no disimulan, un enojo adolescente en una joven mujer que te esperaba, que te espera.

Sin darle tiempo para que conteste, le dices que tú si la extrañaste, mientras sacas la carta y le tomas la mano apretándosela suavemente, posando además tu mirada en su cuerpo que en ese momento parece estar desnudo cubierto sólo de rubor.

Esperas un instante para decirle que en la carta hay un secreto de los dos, algo que ambos comparten y que conocen bien.

Ya no dice nada pero toda ella habla sin cesar, es un verbo hecho mujer mientras camina hacia la cocina con tu sonrisa en la espalda y se pierde entre las mesas y la gente, pero antes de hacerlo, antes de que dejes de verla, voltea y en sus ojos hay una promesa.

Tú también le dices que sí con la mirada.

lunes, septiembre 10, 2007

SÓLO QUE REGRESES...

Para todos los fines de semana que son inolvidables

Cuando no tienes dinero, siempre estás pensando en lo que harías si lo tuvieras. Sueñas con todas las cosas que podrías comprar, te imaginas realizando acciones que sin el dinero sería imposible e incluso te sientes generoso al imaginar a las personas que ayudarías si fueras rico.

Cuando eres pobre siempre te preguntas por qué eso te ocurrió a ti, por qué tú no tienes un pariente que te deje una enorme herencia o mínimo que te preste, y te repites continuamente por qué la suerte se empeña en darte esos embates, simplemente llegas a la conclusión que eres poco afortunado, alguien, no lo sabes, te echó la sal y estás en el hoyo, vives lamentándote.

También eres de las personas que juegas cada semana el melate, la lotería, los pronósticos y hasta el rasca y gana, no sabes en qué momento eso te cambiará la vida de la noche a la mañana, lo dicho, vives para ese instante, te vienes preparando cada minuto, cada hora y cada día para cuando el dinero llegue, cuando tengas una enorme casa, cuando tengas un carro de lujo, cuando comas abundantemente, cuando no te haga falta nada.

No te das cuenta de cómo la lluvia cae en tu cuerpo, lamentas que llueva y te mojes, no percibes la sonrisa de los niños ni la sonrisa de los demás que tratan de que tú sonrías, ni notas que alguien a tu lado se cansa en decirte que te necesita, ni que esa otra persona que ni te imaginas te desea o le gustaría estar contigo compartiendo miles de cosas. Tampoco sientes el sol en la cara, ni te alegras de que el viento agite tu cabello largo, que por cierto también quieres cortar, sólo te molesta el calor y sufres porque ese viento te hace cerrar los ojos…

Te sientes encerrado en todas partes y el universo te parece una caja de la que no puedes salir, en realidad no sabes que eres parte de la naturaleza y que en menos de un suspiro te habrás ido, que ya no estarás.

A veces yo me siento de esa manera, pero luego pasa algo y todo eso se borra, se diluye, se queda atrás, como ocurrió este fin de semana cuando escuchaba en la radio sobre el ganador del “premio gordo”, de esa persona que se hizo millonaria.

Estaba con mis dos hijos, entonces el mayor, Sian, a sus catorce años comentó que él quería sacarse la lotería y ganar mucho dinero.

Yo, con cierta molestia, le pregunté que si eso pasaba qué haría, cuál sería la primera cosa que compraría con esa fortuna.

Sin detenerse a pensar, de manera inmediata dijo algo que me dio justo aquí, en esa parte que está conectada con cada uno de mis sentidos, en realidad fue como una caricia interna que todavía me acompaña mientras escribo.

Fue instantáneo:

“Te traería de regreso acá”, sólo esas cinco palabras en su voz adolescente me hicieron que casi frenara el carro.

Porque ustedes ya saben que desde hace tiempo paso los días en Morelia, pero todas las noches mi corazón y mi mente viven en Irapuato, así como los fines de semana.

Ya lo saben.

jueves, agosto 30, 2007

CARPAS PACHECO


Para Hebbita, mirada celeste, con mucho cariño.

Perro, Miguel y el Licenciado entraron al lugar lleno de olores, a ese pequeño espacio con mesas cuadradas y letreros que le quitarían la sed a cualquiera con tan sólo un trago. Estaba repleto. Risas en cada rincón, rostros deformados por la alegría, un poco de aserrín en el piso, cuadros de imágenes antiguas con leyendas escritas al borde y música por todos lados, música para recordar y para olvidar a la ingrata.

Era apenas martes a las dos de la tarde, y los tres estaban en su elemento. Caminaron por entre las mesas, en busca de un sitio donde pudieran sentarse, siguiendo con la mirada los cuerpos opulentos de las meseras, “de pechos y caderas llenos”. Por fin encontraron mesa, cerca del último rincón, apenas a un lado del diminuto baño sin puertas, baño exclusivo para hombres.

Porque en “Carpas Pacheco”, en su planta baja, todavía continuaba esa tradición ya obsoleta de prohibir la entrada a las damas, pese a que en cualquier otro sitio era letra muerta, desde hacía mucho que el negocio de bar exigía el cupo mixto, y ahí parecía hasta una excentricidad no dejar que las mujeres lo hicieran, para eso estaba el segundo piso como una concesión.

Pero en verdad que eso poco les preocupaba a ellos, amigos hechos a la distancia y las diferencias, para los tres sólo bastaba que hubiera cerveza fría, rica botana y mucha conversación, el diálogo era lo de menos, el engañoso ruido de las palabras se convertía en mero pretexto, los temas también.

Uno de ellos, Perro, continuaba con una idea que venía arrastrando apenas subir al carro y durante todo el trayecto: que las pistolas eran celosas, y que no era cosa de hacerlas enojar, “por ningún motivo”, decía muy serio.

Aún no digería que en su nuevo rol dentro de la corporación le hubieran quitado a “la morena”, como llamaba cariñosamente a su arma, una vieja 38, la primera que le asignaron cuando se convirtió allá en su juventud en lo que ahora era.

Con la mano, Perro hacía un movimiento que por momentos parecía erótico, acariciaba la parte externa de su cintura, un poco arriba donde se encuentra la bolsa del pantalón, y luego sonreía de manera evocadora, como recordando cuando “la morena” le acompañaba.

-Nunca me perdonará que la haya abandonado- decía melancólicamente.

Miguel y el Licenciado sonreían de manera condescendiente, ellos le pidieron guardar silencio con un gesto cuando una de las meseras se acercó con un plato rebosante de tostadas cubiertas con guacamole y ceviche por partes iguales, además de tres tazones con caldo de camarón picante.

El que propuso el primer brindis fue Miguel, no muy original, pero efectivo: “Por ellas, aunque mal paguen”, y luego burlonamente: “Hasta las pistolas”, soltando una carcajada.

Ese fue el punto de arranque para levantar las botellas ambarinas y chocarlas, para perderse en la plática, para coincidir mientras la música seguía, mientras el trío norteño sin claudicar ofrecía cada dos por tres alguna melodía “baratita”.

Justo cuando trajeron los platos de carpa frita, después de muchas palabras flotando en el aire del bar, el Licenciado supo que ese día sería especial para él. No necesitó adivinarlo, lo escuchó a la distancia de labios de una mesera que repetía: “por favor, pase a la planta alta”, y en eso la vio.

Ella estaba en la puerta, con un suéter que hacía juego con sus ojos azules, un pantalón de mezclilla, y una gran sonrisa, el cabello castaño le caía en los hombros.

En un segundo, casi en lo que los otros levantaban la botella para volver a brindar, él estaba a un lado de esos ojos, ofreciéndose a acompañarle, incluso platicar si así lo prefería, estar, simplemente estar.

Se había quedado de ver con unas amigas que por fortuna para el Licenciado nunca llegaron, así se lo dijo ella, mientras los dos subían las escaleras, en el último escalón, se detuvo y le dijo su nombre de dos sílabas y miles de significados: Eva.

Nadie pensaría, ni siquiera los sorprendidos Miguel y Perro, que hasta la fecha el Licenciado sigue acompañándola, no sólo de día sino también en las noches, desde aquella tarde cuando juntos se tomaron unas cervezas en Carpas Pacheco y empezaron a conocerse.

jueves, agosto 16, 2007

LA NIÑA DEL PESERO

Es de noche.

Afuera llueve como lo ha hecho casi todo el mes.

Él espera en una ancha calle llena de luces móviles que le agitan el cabello, apenas si atina a cubrirse las gotas que le resbalan por la cara, de cuando en cuando se pasa la mano por la frente, se sacude un poco y mueve los hombros que cada vez le pesan más.

Parece que se le ha hecho un poco tarde, porque la combi no termina de llegar para trasladarlo cerca de su casa: un espacio de cuatro paredes, una cama, un pequeño buró, una repisa con unos cuantos libros, un mueble viejo de múltiples usos que a él le sirve para planchar, y una lámpara que muy a fuerzas ilumina sus pensamientos.

Pero él sigue en esa enorme avenida de relampagueantes bólidos, que llevan rostros sin forma, opacos y borrosos ocultos en cristales, mientras la lluvia continúa lenta y persistente, semejante a brisa marina de la ciudad, que difumina las cosas, las pixelea disminuyendo su calidad.

Él busca con la mirada la ruta que habrá de transportarlo, no la azul ni la roja, tampoco es la verde, ni la amarilla, en realidad se trata de la ruta gris, la número uno, la que toma por el Libramiento y lo deja en el IMSS, la que todos conocen como Circuito.

Está a punto de darse por vencido, sabe que ya es tarde, no decide si tomar un taxi o emprender una larga caminata y empaparse de verdad, cuando ve que se aproxima un “pesero” que por obra de la providencia es el suyo. Levanta la mano para detenerlo, pidiendo mentalmente que no vaya lleno, lo que comprueba al verlo parar.

Sube agradecido y se deslumbra ante el brillo de la luz interna que cubre el interior, tan brillante que por momentos lo enceguece. Toma asiento en la parte trasera casi sin darse cuenta en los demás pasajeros, abstraído como está por la larga espera, tiene el deseo de cerrar los párpados, húmedos párpados, y dejarse llevar por las imágenes que desde hace tanto tiempo lo acompañan.

En ese momento, justo entre la mitad de su cansancio, a punto de encorvar también la espalda, se da cuenta que a su lado está un ángel: una pequeña niña sin edad que le sonríe.

De pronto escucha música como de la nada; es una música nueva que invade, que se adueña de todo a su alrededor, y sin haberla escuchado nunca antes él se reconoce en ella, sabe de qué se trata, mira a la niña a los ojos y le devuelve la sonrisa.

Después, cuando la combi realiza todo el recorrido y llega a su base, en el momento en que ya todos los pasajeros han descendido, sólo queda uno, a simple vista él duerme, pero en verdad camina de la mano, desde mucho atrás con una pequeña niña sin edad, mientras los dos sonríen.

jueves, julio 19, 2007

CASA DE CINCO

Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

Julio Cortázar

El plan original era sencillo: vivir. Después, por desgracia, las cosas cambiaron. Todo fue iniciar sin reglas, en una verdadera anarquía si es que esto puede ser posible. Llegar, tirar, escoger un espacio, acomodarse con unas cobijas, dejarse ir hasta el ya veremos, al fin que lo importante era sólo seguir, como casi cualquier cosa mientras vives a la providencia o atrapado en la vida, con el destino demudado cada que alguien abre la boca.

A los siete días hubo la primera manifestación que habría de prender, por lógica, una alarma, pero nadie quiso hacer caso, todos siguieron o pretendieron mirar hacia delante, no estaban las cosas para voltear en los rincones ni buscar algo y correr el riesgo de encontrarlo incluso en la mente de los otros.

Primero se acabó el gas. Luego se rompió la manija del baño. Más adelante las puertas comenzaron a tronar y a ponerse difíciles. Los muebles fueron desapareciendo sin ningún orden, a veces podía ser una taza, pero también el hueco de la mesa de centro era tan visible que se requería cerrar muy bien los ojos para no darse cuenta de ello.

No habrían de pasar quince días, cuando una tarde se presentó la catástrofe a través de un diminuto individuo que tocó a la puerta con una sonrisa lineal que algunos cínicos podrían calificar de “romana”.

-Vengo por la renta - dijo y extendió la mano, una pequeña mano transparente llena de venas azules, una mano que flotaba.

La primera opción habría sido correr, salir huyendo al amparo de un pasado sin suerte entre camellones terrosos, dejando atrás no los recuerdos ni la memoria difuminada pegada en las paredes que todavía delimitaban un espacio, sino la propia suerte de vida que los cercaba en forzosa compañía, pero nadie se movió.

Optaron por la segunda opción: pagar lo que no tenían de los bolsillos vacíos. Juntar de las carencias lo necesario, apenas lo justo para continuar habitando lo inhabitable, para seguirse haciendo compañía dentro de su soledad, temerosos de cambiar el estado oprimido de la realidad.

Todavía no habían terminado de reponerse del sobresalto, apenas si atinaban a deambular por los pasillos evitando encontrarse, silentes acompañados de sus propios ruidos, cuando el silencio fue tan profundo que ya no pudieron evitar el acercarse hacia ellos mismos.

El problema fue darse cuenta, justo en ese momento, que no tenían nada que decirse. Ni con la mirada podían comunicarse entre tanto silencio, el cuerpo no les daba tampoco para eso, en verdad que cada uno de ellos buscaba algo que ninguno de los otros podía darle.

Así, sin hablarse, uno a uno se dirigió a la salida, sin prisas, casi sin tocar el piso y las paredes, apenas sin rozar la puerta, cruzaron el umbral hasta perderse en el refugio de las calles.